JUSTICIA…¿O VENGANZA?
Ateniéndonos a lo que publican los medios de comunicación y a las tertulias de barra de bar, diríase que vivimos en una sociedad íntegra y ejemplar con la única excepción de la clase política.
Lees y escuchas, y da la sensación de que los españoles somos unos tíos cojonudos, honestos, trabajadores y de condición irreprochable, cuyos males obedecen exclusivamente a la basura de dirigentes que sufrimos.
Tan entretenidos estamos echando la culpa de todo lo que pasa a los que mandan, que estamos cayendo en el grave error de obviar nuestra propia podredumbre e ignorar nuestra responsabilidad en la degradación de un país moralmente enfermo de solemnidad.
Sabido es, además, aunque haya quien no quiera verlo, que por ese fenómeno que yo llamo “efecto péndulo” hay algunos colectivos que tienen patente de corso. Aquellos que en otras épocas se vieron perjudicados y desfavorecidos, con el cambio de los tiempos han pasado a ser los privilegiados. No querían igualdad, tampoco justicia: sólo querían venganza.
Hace unas noches, ya de retirada tras haber cenado en un restaurante madrileño, entré con una amiga en un pub de las afueras. Un pub normal, de barrio, de esos en los que puedes jugar a los dardos, las copas son relativamente baratas y ponen canciones de los 70 o antes.
Eran ya cerca de las dos de la madrugada, y tan sólo había un grupito de media docena de tías. Soy pésimo calculando edades, pero andarían todas entre los 30 y los 40. De haberlas visto un par de semanas antes, casi que podría asegurar que estarían poniendo el colofón a la cena de navidad de una empresa de seguros o algo así.
Según me di la vuelta, tras pedir las consumiciones, vi junto a la puerta un minúsculo y solitario cochecito de bebé.
“Será un regalo que alguien tiene guardado aquí para ponérselo mañana junto al zapato a alguna niña”, pensé, recordando que la siguiente noche era la de Reyes y viendo las pequeñas dimensiones del carrito.
No era un juguete. Dentro había un bebé de pocas semanas, que dormía plácidamente mientras su mamá disfrutaba de su derecho a tomarse unos cubatas con las colegas. El hecho de ser madre y trabajadora no va a impedir a una mujer vivir la vida. Hasta ahí podíamos llegar. Eso de que la llegada de un hijo te cambia la vida y te exige sacrificios y renuncias es cosa de fachas y machistas.
Sinceramente, no me atreví a decirle nada, y me limité a darle gracias a Dios por no ser el padre de la criatura. Si yo entro en un pub a las dos de la madrugada, veo a mi hijo en su cochecito y a su madre en la barra con otras cinco pelandruscas, juro por Dios que la inflo la cara a hostias.
Y no dije nada porque probablemente habría sido yo el que se pasara la noche en el calabozo a poco que le hubiera dicho cuatro cosas a la golfa ésa que, por cierto, sólo abandonó la barra una vez para salir a la calle a echar un cigarro.
Si una mujer llama a la policía advirtiendo de que un hombre la ha insultado (no digamos nada si la ha amenazado o puesto la mano encima), los agentes se llevarán al denunciado con las esposas puestas sin hacer más preguntas. Independientemente de lo que luego determine el juez, la noche en el calabozo no te la quita ni Blas.
Si es al revés, la policía no intervendrá salvo que se trate de una reyerta con agresión física por medio. Por lo tanto, era perder el tiempo intervenir del modo que fuera en tan vergonzosa escena. Lo que sí sé es que si, en vez de una tía, es un tío el que está de copas con los amigotes mientras el bebé duerme en su cochecito dentro del pub, ya puede ir despidiéndose de volver a ver a su hijo.
Ya que todos los medios se ocupan de las barrabasadas que algunos hombres cometen con algunas mujeres, ya que el Gobierno dedica tantos organismos y dinero a velar por la mujer, y ya que hay cientos de asociaciones que se ocupan de la infamia cuando ésta se produce en una sóla dirección, no está de más que de vez en cuándo recordemos que hay víctimas y verdugos de ambos sexos.
Y, por cierto, alguien debería de empezar a dejar de confundir la igualdad y la justicia con la venganza.
Tremendo. Y no es extraño.
Algunas tienen hijos no por amor, sino para vivir sin trabajar y coger a “su” hombre por los güevos.
Una mala mujer es infinitamente peor que un mal hombre.
Como el chiste del tuerto: no quieren tanto la felicidad como el mal del otro.
Un abrazo y los mejores deseos, Ángel.
PD. Te dejo una entrada que publiqué hace tiempo en mi blog, prácticamente al principio, relacionada con esto que digo.
http://elblogdekufisto.blogspot.com/2010/04/las-lagrimas-de-un-payaso.html